Conversaciones con Bingo El Boomerang del viento
Cuando he llegado a la dehesa, parecía como si un tul extendido la envolviera y ocultara. Como todas las mañanas, allí estabas esperando. Eso, quizás, sea la verdadera fidelidad y el amor: esperar cada día sin saber si llegaré o no, y que, si me retraso, no sea nunca una mala cara ni un reproche, sino una sonrisa cómplice, porque tú sabes que yo también deseo el encuentro, y que solo algo ajeno a mi voluntad puede haberlo demorado.
El olor a quemado y el humo lo cubren todo. Ese mismo humo que ayer, desde los fuegos de España y Portugal, alcanzaba hasta las tierras verdes de Escocia, hoy regresa, como un bumerán lanzado por un experto maorí, empujado por el viento del norte, que refresca el aire y baja las temperaturas, pero no calma la sed de la tierra.
Nuestra amiga Inma Cedeño está haciendo rituales para invocar la lluvia, como nos contaba ayer. Ojalá el azul del lapislázuli, o aún mejor el aguamarina —mi piedra favorita— logren ablandar el corazón del dios de la lluvia y lo convenzan de dejarla caer, suave y generosa, sobre esta tierra sedienta.
Ayer, un escritor y cronista de mi ciudad publicaba sobre una persona a la que quiero profundamente: Eusebio Santano. Cuando lo necesité, él también me lo demostró. Como toda su familia —esa enorme familia vecina de la panadería de mi abuelo primero, y después de mis padres— compartían mucho aunque poco se tuviera. Moscoso era entonces el barrio que no necesitaba otro nombre, porque era ejemplo para todos. Enhorabuena a José María por traerlo a esa, su página de historia de la bella dama. Algún día deberías contarnos sobre el término “Troncón”.
En nuestro paseo de hoy nos hemos encontrado con una lucha de hormigas. Las muertas cubrían el territorio, abandonadas para alimentar a los pájaros. Parece como la vida misma: hay comida y espacio para todos los hormigueros y todas las hormigas, pero aun así hay que luchar inútilmente, solo por luchar.
Bingo, hoy hemos coincidido con dos perritas hermanas —no sé de qué raza— acompañadas por sus dueños. Espantados por la infinitud de estos espacios, están de visita en los chozos y llegaron hasta la laguna del Tamujoso. Su cara de asombro fue al preguntar: “Anda, ¿y hay muchas lagunas con agua?” El Rebollar y yo somos así, señores
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Author: Redacción
