Conversaciones con Bingo El barómetro de los huesos y la luz de la sierra:
Conversaciones con Bingo El barómetro de los huesos y la luz de la sierra:
Hoy el día amaneció frío en la dehesa. El viento, que se colaba entre las ramas y venía del oeste y del norte, traía la humedad que tanto tiempo hacía que no notábamos, Bingo. Entre tanto, los primeros rayos de sol que levantaban el alba se agradecían como un regalo.
Sabes, ayer anduve algo revuelto. Cuando los huesos son como los míos, y más aún cuando llevan dentro algún pedazo de metal que ayuda a sostener estos paseos, se convierten en un barómetro de precisión que se adelanta a los cambios de tiempo.
Falta poco para que empiece la caída de la hoja. Cuando llega ese momento, la naturaleza pasa factura y vemos cómo empiezan a caminar hacia otra dimensión los que ya han cumplido su trabajo en esta.
Las nubes se acumulan en la sierra y le ponen un gorro a los viejos montes que destacan sobre los demás. La luz avanza poco a poco: primero ilumina en lo alto San Juan de Mascora, su castillo-fortaleza, aquel que los árabes dotaron de aljibes para guardar las lágrimas de Alá.
Luego, despacio, van apareciendo los pueblos serranos: Torre de D. Miguel, de angostas y hermosas calles llenas de tradición y belleza; Gata, aquella que dio origen a la apuesta entre el rey de León y el de Portugal, cuando el primero se jugó el castillo de Peñafiel asegurando que tenía una “Gata” capaz de comerse dos vacas, frente al Cao —perro enorme— del portugués.
Más tarde, la luz alcanza Acebo, Perales y Cilleros, hasta que por fin, en la lejanía del oeste, asoman Las Eljas y Valverde. La mañana ya está en plenitud.
Sobre el cielo, donde pastan esos toros magníficos, los buitres planean. Algo nos dice que hoy José Luis les puso la comida gratis, y que desde los Canchos de Ramiro y desde Monfragüe vinieron a la fiesta. Tú, Bingo, que como yo no soportas a los oportunistas y carroñeros —tengan alas, patas o piernas—, has empezado a ladrarles. Uno de ellos, perseguido por los demás, pasó volando sobre la laguna con un trozo de trofeo en su maloliente pico.
Entraste a darte tu baño a pesar del aire fresco. Luego, libre como hoy venías, corriste hasta el tronco caído desde donde contemplamos ese fantasma de rebollo que, al fundirse su silueta con la encina, parece un unicornio de cuento infantil.
Seguimos caminando, siguiendo las huellas de las vacas y las cabras. Sabes, Bingo, son más inteligentes de lo que parecen: aunque pasten en cualquier sitio, cuando se desplazan van todas por el mismo camino, para no estropear toda la comida. Al final, todas beben en las mismas lagunas que nosotros visitamos, esas donde tú, sibarita, has aprendido a encontrar los cangrejos que tanto te gustan.
La mañana avanza y descubrimos encinas de formas caprichosas, alcornoques que quedaron ocultos en islas de encinas, pasando desapercibidos incluso a los amigos que hicieron la saca.
Al final, te has echado, refugiada del viento y buscando el calor del sol, en uno de los secretos que guarda esta dehesa: un lagar construido en un afloramiento de pizarra, junto a un altar. Los hombres de la prehistoria ya sabían, antes de que existiera la dehesa, de la belleza y de la energía telúrica de este lugar.
Vamos para casa, Bingo. Seguro que hoy nuestra conversación tiene mucho que leer entre líneas.
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Author: Redacción
