Conversaciones con Bingo La escapada
Esta mañana, antes de que amaneciera, desde el jardín que se forma en la ventana de la cocina que mira al este, mientras me preparaba el café que me hace persona, me fijé en que había alguna otra ventana encendida. Pocas, es cierto. Las nubes negras jugaban con las sombras, y un termómetro de estos modernos mostraba nubes y gotas de agua que caían de ellas. Suele equivocarse poco, pero, como dice Manolo, vivimos en un cubo y aquí no llueve nunca… No seré yo quien le lleve la contraria.
Mira, Bingo, hace ya casi dos años cogí unos poleos del arroyo Tamujoso y los planté en una macetita en la ventana. Te puedo asegurar que con poca o ninguna esperanza. Pero con un poco de agua y cariño ahí siguen. También tengo por costumbre, en esos envases de plástico transparente donde venden carne —eso lo llaman reciclaje— poner un poco de tierra y echar semillas de los frutos que como. Y, te lo imaginas, nacen naranjos, parras… incluso aguacates que crecen como si fueran de cultivo hidropónico.
A veces me engaño a mí mismo, como quien se hace trampas jugando al solitario, pensando que tengo un huerto como el de donde antes vivía. Pero el pasado no existe, ni siquiera el futuro. Solo existe el ahora. El ya… y ya es pasado también.
Hoy me tenías preparada una treta, Bingo, y eso no está bien. Como se estaba a gusto, y además de tu amigo Manolo me acompañaba Antonio, al verlo —algo inaudito en ti— te escapaste para ir a saludarlo. Hasta ahí, aceptable. Pero luego aparecieron Nerón y SP (ese cachorro al que Sergio bautizó como Super Perro), que sufre tus juegos: lo haces rodar por el suelo, lo marcas sin hacerle daño, y frente a él te sientes poderosa. Eso también ocurre entre los vanidosos del mundo de los hombres.
Entre juegos y carreras, te fuiste tras los toros de José Luis Bertol. No sé cómo no tienes miedo: algunos son imponentes, cárdenos, colorados, y unos sabaneros que son un espectáculo verlos en los cercados. Pero a ti y a tus hermanos os pierde el instinto de perros careas. Eso y los coches o las motos: la debilidad de los border collie. La genética, Bingo, la genética. La cabra tira al monte, siempre. Y el que consigue el poder, se pega al sillón con cianocrilato, que ni con agua hirviendo.
Total, Bingo, que nos dejaste tirados. Ya veo que contigo se me escapa hasta el género. Tomé la decisión de dejarte hacer en tu libertad y seguir el paseo los tres: Manolo, Antonio y yo. Y qué buenos momentos. ¡Cuánto se aprende del diálogo entre distintos, pero desde el respeto!
Creo que hemos disfrutado los tres. Antonio reveló algunos secretos sobre mí que nunca había contado a Manolo. Pero en fin… ya pasaron los tiempos, y para muchos ese pasado no existe. O lo que es peor: no existió.
El paseo, sin ti, ha sido el mismo de cada día. Tenía la esperanza de que a la vuelta estuvieras esperándonos. Pero no fue así. Te vi a lo lejos, echada junto a la casa de José Luis. Le había llamado para decirle que te habías escapado, y me dijo que no me preocupara. Cuando decidimos volver, nos acercamos con el coche. Tú, que hueles mis estados de ánimo, quisiste huir. Pero las golosinas te pudieron: te dejaste poner el collar y la correa. Y tu amigo Manolo, que dice que no te quiere, se ofreció a llevarte a casa. Ja, ja, ja. Luego dirá… «los perros y los niños se acercan a la buena gente». Y Manolo lo es.
Subí contigo y entraste triste en tu casa, y yo, enfadado. Tu derecho a la libertad —que entiendo y hasta comparto— tiene que estar pactado entre los que formamos parte de tu vida.
Mañana, Bingo, prométeme aunque sea una mentira piadosa que no volverás a escaparte.
Hoy hemos encontrado, y mañana te lo enseño, un árbol híbrido. Qué cosas hace la naturaleza: la mitad es alcornoque y la otra mitad, encina.
Las nubes se han disipado y la boina sobre el Jálama —que significa “monte dorado”— se ha diluido con el sol. Tendremos que esperar otra oportunidad para que llueva.
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Author: Redacción
