Por soñar, soñé que un buen hombre comenzaba a cumplir su sueño

Por soñar, soñé que un buen hombre comenzaba a cumplir su sueño

Érase una vez que se era, un reino donde los súbditos creían ser libres y lo que es peor, no soñaban, todo estaba bien o eso le hacía creer la reina mala, madrastra de los peores reinos.

En este mismo lugar, alejadísimo de la realidad y de «cuyo nombre no quiero acordarme» , vivían esclavos, que no sabían que lo eran, pues en los jardines habían sembrado mandrágoras, papilionáceas y cientos de juegos que los mantenían en un sopor permanente.

Un día apareció un príncipe o eso se creía él, que no levantaba tres palmos del suelo, sus vestidos no desentonaban con los palacios por los que últimamente corría,  si, corría desaforadamente buscando una princesa que lo habitaba, esta,  podía salvar su futuro que estaba comprometido seriamente, arrastraba no una espada ni un florete que eso era de caballeros, una especie a la que no pertenecía o creía no pertenecer, si no, una pesada Katana, que los Samurais de un antiguo y lejano reino usaban para hacerse el Harakiri, una forma de acabar con su vida con honor.

La princesa quería ayudarlo, pensó que con ello podría acabar con la reina, madrastra, que la había dejado en un palacio a pesar de ser plebeya.

En estas fechas andaba yo en esos paraísos, donde a pesar del verano que corría a pasos de gigante, también de cuento, pero de otro reino, y bajo la sombras de los rebollos y las encinas, una brisa fresca me empujaba a seguir andando y soñando, porque como todos sabéis, en mis cuentos los sueños, sueños son.

Por soñar, soñé que un buen hombre comenzaba a cumplir su sueño, pero como no tenía falda ni era del aparato de la reina, lo despertaron a bofetadas.

¡Que pena!

Entonces para irme despertando, apareció Alicia, y me dijo:

Hace mucho que te ando buscando para que me cuentes historias de los míos, pero debes tener cuidado, la diosa ciega que ve y ve mucho, igual te pone en la lista.

Sabes que la reina y el emperador Pedro quieren cortar las cabezas de los súbditos y lacayos antes que se las corten a ellos.

Y claro, colorín, colorado, este cuento solo acaban de empezarlo.

«Cuando las barbas de tu vecino, príncipe, rey, o Maquiavelo, veas cortar, prepárate por qué tu cabeza será la próxima en rodar».

A mi amigo Anselmo Solana Hurtado, porque sigue creyendo en los Reyes Magos y Papa Noel, y eso me sulibella.

José María Rodríguez Santa

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Author: Redacción