Conversaciones con Bingo Las nubes de algodón rosa
Conversaciones con Bingo Las nubes de algodón rosa
Esta mañana, al amanecer, el cielo se llenó de nubes de algodón rosa, como aquellas que se hacen en las ferias y que de niños mirábamos absortos, esperando que la generosidad de los mayores las convirtiera en nuestras golosinas. Pero, Bingo, como el algodón de azúcar que se deshace en la boca hasta quedarse en nada, también esas nubes se fueron evaporando lentamente, dejando solo la estela de un avión que parecía tener prisa por llegar a su destino.
Al oeste de la dehesa, sobre un anaranjado casi fauvista, se recortaba la torre de la iglesia del vecino Guijo de Coria. En su interior guarda un maravilloso retablo que, gracias al empeño de don Miguel —un cura enamorado de la historia y de Coria— pudo conservarse. Él luchó para restaurar el tejado, que amenazaba ruina, y así salvó también el tesoro que albergaba.
Sabes, amiga Bingo, hubo un tiempo lejano en que podía ayudar a nuestros ciudadanos extremeños y, dentro de mis posibilidades, nunca dije que no. Algunas veces no estaba en mi mano lo que pedían y no podía conseguirlo, pero siempre lo intentaba.
Eran tiempos en los que el diálogo y el respeto entre quienes pensaban distinto allanaban muchos de los terrenos escabrosos. Y, sin embargo, Bingo, algo haríamos mal, porque los que vinieron después parecieron aprender muy poco.
Ayer, Bingo, leía a un amigo, Francisco, que decía verdades como puños sobre los nuevos cultivos que están llenando nuestros campos y también los portugueses de la Raia, en concreto los de Idanha a Nova. Decía que el verdadero secreto no está en producir pistachos, ni almendras, ni aceitunas. El secreto de esos fondos que alquilan tierras para esquilmarlas es otro: vender el cupo de oxígeno que producen, un negocio tan importante económicamente —o más— que las propias cosechas.
Y para eso, Bingo, hace falta agua en abundancia. ¿Y dónde hay más agua dulce que en Extremadura?
Hace años yo ya escribía que, si alguna vez estallaba una tercera guerra mundial, no sería por el petróleo, sino por el agua.
Pero los políticos de esta tierra, de uno y otro signo, se empeñan en vendernos las maravillas del gobierno, de sus ayudas y de sus subsidios.
¿Y si un día despertáramos y dijéramos: “ni un litro más de agua, ni un kilovatio, ni una tonelada de oxígeno”? Quizás entonces veríamos cómo reaccionaban y de qué vivirían muchas regiones de España.
Por eso —y solo por eso— después del célebre apagón del que nadie tiene culpa, el gobierno no tiene arrestos para cerrar Almaraz. Ya comprobó que no puede acabar de sembrar de placas solares toda nuestra tierra.
No, no quiero seguir por ahí, ni mucho menos. Mejor lo dejamos, Bingo, porque viendo cómo está el prado, lo que de verdad me entran son ganas de volver a entrar en él contigo, andar despacio y escuchar cómo la vida, pese a todo, sigue latiendo.
Powered by WPeMatico
Ir a la fuente
Author: Redacción
