Conversaciones con Bingo El mundo de lo pequeño

Conversaciones con Bingo El mundo de lo pequeño

Esta mañana decidí venir a verte y hacer nuestro paseo antes de que comenzara el calor que ya habían anunciado, pero también antes de iniciar mi viaje, entre placer y trabajo.
A veces se descubren las mejores personas en los lugares más pequeños, allí donde las ciudades no han logrado vaciarlo todo con sus atracciones, sus luces estroboscópicas y sus neones.
En ocasiones, Bingo, decidimos que la calidad de vida pesa más que los mayores reclamos económicos. Es entonces cuando volvemos a nuestros pequeños pueblos, donde todos nos conocemos, que no es lo mismo que ser amigos, pero sí vecinos, y eso, créeme, es muy importante.
Nuestros niños disfrutan del campo que los rodea, saben qué es un perro, una cabra o una vaca, y han visto mamar a los terneros de la dulce y caliente leche de sus madres. Ven caballos que no son de cartón piedra. Pero, sobre todo, Bingo, ven caras, ojos y manos de personas amigas.
Ya sabes, compañera, que soy dado a equivocarme, y eso —por extraño que parezca— me da alegría. Cada vez que caigo, solo pido tener fuerzas para levantarme, aun sabiendo que volveré a tropezar.
Toda la vida he aprendido más de los fallos que de los aciertos. Cuando alguien hace algo mal, incluso si hay alguna pérdida económica, siempre me pregunto: “¿Qué has aprendido?” Porque si de mis errores no aprendo nada, entonces sí que ha sido un fracaso.
También aprendí a felicitar y dar las gracias cuando alguien hace algo bien, aunque no nos afecte directamente. Puede que pienses que no tiene que ver con nosotros, pero te equivocas. Cada vez que alguien hace algo bueno por los demás —sean de donde sean—, también nos beneficia a todos.
Hoy estabas inquieta. En la dehesa, las cuadrillas de la saca del corcho van desnudando a los alcornoques. A algunos les dejan formas caprichosas de corcho sin arrancar.
Junto a la casa donde tú vives, sola —no sé si tu soledad es deseada, pero también dicen que «es mejor estar sola que mal acompañada»—, un tractor con remolque va apilando el corcho en montañas que recuerdan a las del Belén de Navidad.
Tu inquietud, lo sé, era por los golpes rítmicos, como de pájaros carpinteros, que resonaban en la dehesa con su cadencia monótona.
Los alcornoques, ya desnudos, encuentran en su pudor el abrigo de los chozos las flores de la dehesa. Las luces que cada noche iluminan los caminos, y las que cuelgan de las ramas, ofrecen la suavidad justa para que podamos ver las estrellas.
Y si te detienes a mirar, verás la leche derramada del cántaro de los dioses: la Vía Láctea perdiéndose en el infinito.
Hay un lugar pequeño, pero cargado de historia, del que suelo hablar en mis charlas: Mata de Alcántara. Allí vivieron hombres desde el albor de los tiempos. Y sigue habitándolo esa buena gente a la que uno acaba queriendo.
Les hablé de ti y de nuestras conversaciones.
Hoy es Nuestra Señora del Carmen, en quien creen incluso los más ateos… si son marineros.
Una llamada trajo de vuelta fantasmas del pasado: el cáncer, el maldito cáncer que no deja en paz ni a los jóvenes. Vamos a mandarle toda nuestra energía, la tuya y la mía, y también la de nuestras amigas encinas, rebollos y robles tótem celtas de esta dehesa. Todo va a salir bien. Pero de eso, si quieres, hablamos mañana… porque hoy amaneció tan temprano, que aún no había amanecido.
Bingo, ¿vendrás un día a conocer a nuestras amigas y amigos de Mata? ¿O tendrán que venir ellos a conocerte a ti?

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Author: Redacción