Mañana hace años un amiguito que montado en una mariposa monarca voló tan alto que se perdió en el cielo, quizás fue al encuentro del principito. Iba camino de tu Puebla, pero me he parado antes de llegar y escribí esta carta para tí, sabes es parte de mi vida, es mi silencio. No morirás nunca porque no te olvido.
A Izam :
En el silencio no se puede oír, hay silencio.
La noche avanza inexorable convirtiendo en fantasmas las sombras, el ruido que produce el viento cuando acaricia las hojas de terciopelo de mis robles favoritos, parecen gritos de ajusticiados, almas en pena que vagan por los senderos y caminos entre bosques de madreselvas, canchales y pizarras tan negras como la misma noche.
Me siento al borde de un camino siniestro que no diestro, bajo la protección de una cruz que nos indica el cruce de los senderos de la vida.
Peregrino que ya no vas a ninguna parte, si tus pasos te conducían al regazo de tu madre, o a la tumba del Apóstol que nunca estuvo allí.
En la puerta de la ermita que gime y cruje bajo el peso de su madera apoyada en unos goznes de hierro forjados con fuego por mi herrero. Entonces descubro el reloj que dejo de serlo por la desidia de los romeros.
Abres la puerta y desde el fondo te mira, se sonríe desde detrás de la verja, su cara morena te invita a que avances por el pasillo entre los bancos de madera.
Ella sabe de ti sin que tú le digas, sabe de tus sueños, tus angustias tus sufrimientos. Hoy no sonríe, esta triste, a pesar de su traje azul celeste, y de su hijo mantenido en los brazos, no puede ocultar su inquietud por no hacerme nadie.
He querido volver sobre mis pasos pero ella me ha detenido, en el silencio he oído como me decía:
Hijo no te vayas aún, vuelve, mira mis ojos que te miran con la misericordia divina, no me dejes, no tengas miedo, ten Fe.
Cuando me he sentado en su presencia he sentido la misma calma que cuando me siento con mi amigo Honorio, y charlamos sobre la vida y mi vida.
Cuantas veces no necesitas hablar, cuantas veces faltó una sonrisa cómplice en vez de complicar la vida con una sonrisa, no entendida. Ya puede ser tarde, al girarme para despedirme de ti, me encontré en el fondo de la nave, apoyada en el quicio sin atreverse a entrar unos ojos averdagaos , que sin querer creer creen en ti, una lagrima furtiva, un suspiro lanzado al viento un perder el sentido del tiempo, desde el fondo de tu corazón has encendido una vela que titila en la oscuridad de tu casa.
Madre me perdí en el camino que me llevaba hasta Santiago y aquí estoy a tú lado sobre este balcón que se descuelga poco a poco para adentrarse en las aguas del Alagón.
Tu reloj de sol que tantas veces contemple poniéndome de puntillas, cuya lectura nunca conseguí descubrir, hoy rota su vela latina de chapa, por la corrosión de los fenómenos metereologicos pero sobre todo de los años y la desidia de los ermitaños y peregrinos, que hasta allí llegan.
Un día me cuentan que mi Amigo Honorio cuando subía andando para hacer meditación y rezar a sus pies, se encontró un viejecito que subía por la misma senda, con sus zapatos viejos y destrozados pisando en suelo descalzo.
Entonces preguntando si no tenia nada mejor con que calzar los pies y tras contarle sus desdichas, mi amigo se quito los zapatos, se arrodillo ante el viejo y limpiando los pies con la sotana, se los calzo como pudo , venciendo la resistencia del viejo por no dejarle poner sus zapatos, ante las dudas del hombre viejo le dijo Honorio mí amigo : “fue Jesús siendo Dios quien antes de morir en la cruz de rodillas lavo los pies de cada uno de sus discípulos, voy a ser yo más que El.
Cuando ambos entraron en la ermita, la señora le sonrío y sus ojos curaron las heridas del camino a los dos caminantes, ni un abrojo, ni espino ni piedra daño los pies del amigo en su vuelta.
Los ojos averdagaos habían huido ante tanto prodigio y yo me encomendé a la madre y a mi amigo.
Una lagrima sincera resbalo desde mis ojos por la cara llena de arrugas del sufrimiento y los años. El silencio volvió para oír el silencio de mi oración.
