Conversaciones con Bingo El día después
Conversaciones con Bingo El día después
Buenos días. Las mañanas se desperezan más tarde y se nota. Las noticias van siendo buenas, como diría Machado: “bueno, en el mejor sentido de la palabra bueno”.
Ahora se ven los árboles quemados y las tierras negras después del fuego; ahora aparecen las casas y corrales cuyos tejados, colapsados, muestran vigas humeantes y ennegrecidas; y, Bingo, también se descubre la tragedia de los animales que no pudieron huir de las llamas, que murieron quemados o asfixiados por el humo.
Es ahora cuando de verdad comienza la tragedia: la de los hombres y mujeres que lo perdieron todo, y también aquello que no se puede comprar con dinero: los recuerdos, las risas y los llantos, los amores de besos fugaces y de vergüenza, sentados en el tronco de algún árbol —hoy muerto— en el que sellamos nuestro pacto de amor, atando una cinta amarilla a su corteza resinosa. O en aquel abedul, junto al arroyo, donde dibujamos un corazón con las iniciales de nuestros nombres.
Es triste, Bingo. Aunque tú y yo sabemos que, con un poco de ayuda, la naturaleza volverá pronto con todo su esplendor. No hace mucho, junto a la carretera camino de la villa de Zarza la Mayor, un coche se quemó y provocó un incendio. Ayer me di cuenta de que, en ese mismo lugar, la grama verde brotaba de nuevo con más color y más fuerza.
¿Sabes, Bingo? Llevo unos días en que, a pesar de la tragedia en estas amadas tierras, hay motivos para la esperanza.
Nuestro amigo Paco Castañares —que, por cierto, quiere conocerte— recorre los medios y las radios predicando lo que deberían saber los políticos, aunque lo ignoran. Predicar en el desierto, Paco… como cuando mi amigo Francisco de Asís fue mandado por el Papa a predicar a los cerdos. En aquel caso parece que los escucharon “los cerdos”, no los dirigentes, que además son burros con anteojeras, solo capaces de ver lo que les interesa. Cada vez se parecen más a los caballos de picar los toros, con un único ojo destapado: el que mira al público.
¿Y ahora qué, Bingo?
Las promesas se olvidan tan rápido como despega un Falcón, ese avión que tarda un suspiro en aparecer y de nuevo rumbo a Lanzarote.
Cansada de tanta reflexión y de la estupidez de los hombres, te has escapado sacando limpiamente la cabeza de la correa. Manolo y yo hemos intentado convencerte de que volvieras, pero nos has hecho caso omiso… más o menos como hace el gobierno. Al final, rendida y a base de enseñarte golosinas, aceptaste regresar. Exactamente como hacen los políticos con sus seguidores: siempre tapándoles un ojo.
Ya de vuelta a casa, le he dicho a Manolo: “Y yo que siempre pensé que, si esto seguía así, siempre me quedaba al oeste Portugal…”. Pero después de lo sufrido allí, solo nos queda, al oeste, el abismo del mar océano desconocido.
Amigo Luis —con apellido de Cerveza—, nos queda la esperanza de que, el día que se hunda el litoral portugués, en nuestra Beira y en la Raya quedaremos con vistas al mar.
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Author: Redacción
